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Una esposa enferma, su más íntima amiga y una joven vecina ocasional forman parte del círculo que rodea al banquero Tony Bream cuando, in extremis, se ve obligado a pronunciar un juramento difícil de aceptar y de cumplir. En virtud de éste, no sólo su futuro queda hipotecado, sino también el de otras personas que quizá desearían no verlo tan comprometido y cuyos actos desembocan, en medio de una densa atmósfera de culpabilidad colectiva, «en una serie de acontecimientos oscuros e infelices... en sufrimientos, peligro y muerte». La otra casa (1896) fue l. a. primera novela que escribió Henry James después de sus infortunados años dedicados al teatro, y de hecho parte de un guión para una obra dramática. Es una de sus piezas menos conocidas, y en muchos sentidos extraordinaria, «un estallido de rabia primitiva que parece irracional e incontrolado», según su biógrafo Leon Edel, pero que el escritor consideraría hasta el fin de su carrera «un precedente, una lucecita divina que alumbra mi paso». En esta historia escalofriante de abismos abiertos bajo l. a. delicadeza de las formas, se cumple una técnica que el mismo texto anuncia: «Lo cierto es que los elementos del drama surgen cuando se comprimen con fuerza y, en algunas circunstancias, parecen invitar más al microscopio que a los gemelos del teatro».

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Nunca podrá recordarme sin emocionarme lo cerca que estaba de ser una hermana de su madre; y preferiría expresar el placer que esto me proporciona en lugar del desconcierto que siento ante su alusión a algunas personas cuyo interés por mi hija pudiera no ser sincero. Cuantos más amigos tenga, mejor: sean todos bienvenidos. Lo único que le pido –añadió, sonriendo– es que no se peleen por ella. Mientras escuchaba, Rose parecía sumida en una tranquilidad casi religiosa; pero cuando contestó, su voz tenía un temblor profano que indicó a Tony cuánto le costaba aquel sacrificio en aras de las buenas maneras por el cual él le estaba tan pusilánimemente agradecido. –Es muy amable por su parte concederme ese lugar; y permita que añada, con toda deferencia a su bondad, que también es muy inteligente por su parte, querido Tony, reconocer de modo implícito que está abierto a cualquier otro camino. Puede aceptarme como amiga de l. a. niña o no. En cualquier caso, estoy presente para ella, presente como no lo he estado nunca. los angeles gratitud de Tony se redujo repentinamente y dejó un pequeño margen a los angeles irritación. –Claro que está presente, querida Rose, y su presencia es para todos nosotros una ventaja que, felizmente, nunca hemos olvidado ni por un instante. Pero �debo entender que l. a. firme posición entre nosotros a l. a. que alude tiene visos de permanencia? Rose aguardó como si tuviera intención de separar escrupulosamente de su tallo los angeles flor de ironía que había brotado de esta conversación y, mientras l. a. inhalaba, dedicó toda los angeles atención noticeable al agujerito que seguía cavando en el suelo con l. a. punta de los angeles sombrilla. –Si es ésta una manera amable de preguntarme –contestó finalmente– si se aproxima el ultimate de mi visita, tal vez l. a. mejor satisfacción que puedo darle es comunicarle que, probablemente, me quede tanto tiempo como l. a. señorita Martle. Lo que quería decir antes –prosiguió–, cuando decía que estoy más presente que nunca, es sólo que, mientras me quede, vigilaré. Por eso me he apresurado a comunicárselo de modo definitivo, no fuera a irse sin que nos volviéramos a ver. Le he dicho antes de entrar en los angeles casa que confiaba en usted, no necesito recordarle para qué. Al cabo de un rato, ha venido los angeles señora Beever y me ha dicho que los angeles señorita Martle ha rechazado a Paul. Entonces he tenido los angeles sensación de que, después de lo que habíamos dicho usted y yo, period justo que le dijera… –¿Que ya no confía en mí? –interrumpió Tony. –No, nada de eso. No entrego mi confianza para retirarla luego. –Y aunque los angeles hermosa cabeza de su interlocutora, con su cara rígida y pálida, se encontraba ya a una altura enormous, pareció más hermosa y más alta cuando Rose undertakeó de nuevo el aire de contemplar el errors de Tony a través de l. a. brumosa dilatación de las lágrimas–. Puesto que creo que de veras hizo todo lo que pudo en prefer del señor Beever, todavía confío en usted. Tony sonrió como si se excusara, pero también como si no pudiera por menos que sentirse desconcertado. –Entonces, debe decirme… –Que no confío en los angeles señorita Martle.

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